Capítulo 1 - La noche que cambió nuestras vidas para siempre




Llego a mi habitación, dejo las cosas encima de la mesa y me quedo mirándolo. 
—Arréglate que nos vamos—dice, apoyándose en el marco de la puerta.
Está con esa sonrisita repleta de picardía y soberbia que tanto lo caracteriza. Jorge, a veces, resulta irritante, pero hoy está misteriosamente encantador. Iba a contestarle, pero antes de que pueda abrir la boca, da media vuelta y se aleja. A decir verdad, no tengo cuerpo para nada, he tenido un día de mierda —los que trabajéis en el gremio de la hostelería me entenderéis perfectamente—. Mi perfecto plan de sofá, pijamadas y guarradas calóricas tendrá que esperar. De no ser mi cumpleaños, Jorge ya me hubiera dicho misa, que por un oído me hubiera entrado y por el otro salido. Con cero ganas de mover el culo por ahí y muuuucha pereza, no sé cómo, pero consigo animarme. Al bajar al salón, Ashley me recibe con un buen piropazo de los suyos y me agarra del brazo para que no vuelva a mi cueva. 
—¿Nos vamos ya? —me pregunta con una sonrisa.
—Sí, pero ¿cuál es el plan? 
—Ahora lo verás. 
Minutos después, metidas en el Ford Focus de mi hermano, la música roquera de mi cuñada ya suena a todo volumen. Veo a Ashley sacudiendo la cabeza al son delmetal y suelto una risita muda; disfrutando de su lado alocado y roquero. Por el camino que ha tomado Jorge, deduzco que vamos al piso de Valeria. Mis pensamientos se confirman en cuanto aparca en doble fila y la vemos salir corriendo del portal. Al entrar en el coche, me fijo en la camiseta que lleva puesta: es mía. Esta chica siempre hace lo mismo; cuando no lleva mi ropa, lleva mis gafas de sol o mis perfumes de colección. Como siempre estamos juntas, al parecer, es incapaz de distinguir lo que es suyo, de lo mío. Yo finjo que no me doy cuenta y ella sabe que yo lo sé, pero también es conocedora de que, en algún momento, me aprovecharé de alguna manera. Nuestra amistad es un tanto… peculiar. 
Se abalanza sobre mí para darme un achuchón tan grande que casi me saca los ojos de las cuencas. Lo suyo desde luego que no es la delicadeza; allá donde vaya se hace notar: su cara de borde, su mirada fría, azul e impasible, su presencia de naturaleza chulesca y su seriedad en público y en falta de confianza resultan intimidantes. Parece una de esas convictas en las cuales te puedes refugiar en la cárcel, porque sabes bien que a ella no le tose nadie. Pero es leal como la que más, valiente y de puro corazón. Si a eso le añades que es irresistiblemente guapa, es alguien que llama —y mucho—la atención. A ella la amas o la odias, no hay puntos intermedios. 
Tras felicitarme, Jorge se dirige al piso donde David —uno de nuestros mejores amigos—, vive con su madre y su padrastro. Después de dar un par de vueltas a la manzana, logramos aparcar en la zona y caminamos hacia su edificio. Mi hermano toca el timbre una y otra vez con esa insistencia exagerada a la que nos tiene acostumbrados, hasta que David resopla por el telefonillo y nos abre. Subimos en el ascensor y David nos recibe en la puerta junto a Sebastián, que se adelanta para darme un gran abrazo. 
—Felicidades, morena. 
Le doy las gracias y Sebastián se va a saludar al resto. Pongo la atención en David y nos damos un gran abrazo. 
—Feliz cumpleaños, Sarita —murmura mientras me achucha. 
—Gracias, cariño.
Nos separamos del abrazo, me coge de la mano y me adentra en su casa. En el recibidor me sorprende colocándose detrás de mí y tapándome los ojos con una de sus manos. Me saca una risita: 
—¿Qué tramas, Fernández? 
—Ahora lo descubrirás, je, je. ¿Ves algo?
—Nada de nada. 
—Guay, pues pa’lante. 
Guiada por él, entramos en el salón. Al descubrirme los ojos, veo que todo está lleno de globos rojos y la mesa repleta de aperitivos y bebidas. Sebastián pasa por nuestro lado, diciendo:
—Lleva todo el día preparándolo. 
Me lo creo; David es la definición de detallista, una de las tantísimas cosas que me gustan de él. Repleta de agradecimiento, lo miro mientras enciende la cadena de música. 
—Gracias, David, no tenías por qué molestarte tanto… 
—No es molestia ninguna —se gira y sonríe, derritiéndome como solo él sabe—. Es tu cumpleaños y, ¡hay que celebrarlo a lo grande! 
Ashley entra con mi hermano, comentando:
—No se cumplen dieciocho años todos los días, cuñadita.
Detrás de ellos viene Valeria, que va directa a Sebastián mientras este abre el champán. Cuando llega a él, Valeria pone una de sus manos en su hombro y dice:
—No podremos hacer una fiestecita de las nuestras, pero este ratito nos lo llevamos juntos, ¿no?
Sebastián le sonríe y asienten con complicidad. A decir verdad, no necesito nada más: tengo la compañía de mi hermano y mis mejores amigos. Me alegro de haber hecho el esfuerzo de animarme y venir. Un día es un día y con ellos, todo es genial. Sebastián descorcha la botella y hace que el corcho salga volando. 
Eso y el chillido de Ashley dan el pistoletazo de salida a la fiesta. 

Empezamos a comer, a beber y a hablar. Es inevitable, al estar en casa de David, me acuerdo de su madre y le pregunto por ella.
—Está de vacaciones en Málaga —dice David. 
Ashley suelta un suspiro y murmura:
—El sur en estas fechas es maravilloso.
—Me hubiera gustado ir con ella —nos cuenta David, cogiendo su copa—. Se lo comenté a mi jefe, a ver si caía la breva y me daba unos días que me debe, pero qué va, qué va…La hostelería es así, y más en estas fechas…
Jorge, con el optimismo que le dan las copas, interviene:
—Bueno, crack, piensa en la pasta que te llevas. Además, tienes el piso para ti solo y, gracias a eso, hemos montado esto. 
David asiente animado y nos sorprende proponiendo un brindis:
—Porque nunca nos falte nuestra compañía, trabajo y salud.
—Amén —decimos todos y chocamos las copas. 
Tras la cena, vienen las risas y las rondas de chupitos. David y Valeria me sacan un pastel con dos velitas encendidas. Qué incómodo es esto de que te canten el cumpleaños feliz: no sabes qué decir, ni adónde mirar… Y Ashley, grabándome a escasos centímetros de la cara, no es que ayude mucho… Termino riéndome con timidez ante tanta atención, y más aún lo hago al escuchar los gallos que emite Valeria cantando con toda la motivación del mundo. Pido un deseo, soplo las velas y me llenan de abrazos y besos. Al darme los regalos, para no perder la costumbre, me emociono y mucho. Da igual lo que me regalen o me hagan, ya puede ser un dibujo o simplemente dedicarme unas palabras bonitas: si está hecho o dicho con amor, lo siento, lo aprecio y lo recordaré durante toda mi vida. 
Lo sé, lo sé, soy Piscis y admito que soy muy intensa. Algunos lo llaman dramatismo y otros tanto exageración —pero entre tú y yo, no me cae bien ni uno, ni otro—. Mis amigos han acertado con todos los regalos que me han hecho, sobre todo David, que me ha comprado unas entradas para ver a uno de mis DJ favoritos. Tras el pastel, preparamos cócteles y jugamos a unos juegos de mesa. Al terminar las primeras partidas, aprovechando que no estamos mirando, Valeria y Sebastián nos sorprenden liándose en el sofá. Jorge y David tardan poco en cachondearse con esa fogosidad inesperada. Ashley y yo, más allá de sorprendernos —porque nunca hubiéramos imaginado a Valeria con Sebastián—, decidimos dejarlos en paz. Ashley, al ver que Jorge y David no paran de mirarlos y mofarse, termina metiéndoles un par de collejas a cada uno para que dejen de mirar y así seguir con la partida. La finalizamos, y mi hermano se levanta de la mesa justificando que está muy cansando, que la butaca reclinable le ha hecho ojitos. Se acerca a ella y se deja caer de culo. Se enciende un cigarro y Ashley es la siguiente en levantarse de la mesa, se termina su copa, la deja vacía sobre la mesa y se acerca al sofá de al lado de la butaca para sentarse un rato y ver la tele con él. De mirar a mi hermano y a mi cuñada, suspiro y miro a David; está a mi lado, bebiendo tranquilamente. 
—Ricitos, ¿qué piensas? 
—En esto, que ya va en decadencia—responde, mirando a nuestro alrededor.
Y pone sus ojos color café en los míos, haciendo que se me escape una sonrisa. Humedezco mis labios ligeramente y menciono:
—Es que es muy tarde y entre semana ya se sabe… Pero bueno, hemos aguantado bastante y me lo he pasado genial. 
—Pues es lo que cuenta—me dice, sonriente.
Le devuelvo la sonrisa y dejo de mirarlo para poner la vista en Valeria y Sebastián; siguen descubriendo sus cavidades bucales como si no hubiera un mañana. Jorge y Ashley están distraídos viendo la tele. Vuelvo a poner la vista en David, que sigue mirándome. 
—¿Te apetece que echemos la última? —Señalo el juego de mesa.
—Guay. ¿Desplazamos todo al balcón y jugamos allí? 
—Venga, vale —murmuro animada y sonriente.
Nos levantamos de la mesa, cogemos las cosas y nos trasladamos al balconcito.Nos acomodamos aquí y disfrutamos de la noche tan bonita que hace mientras jugamos la última partida, ahora los dos solos. Como el balcón está pegado al salón y al tener la puerta corredera abierta, veo que Ashley y Jorge se han quedado dormidos viendo la tele; uno espatarrado en la butaca y la otra durmiendo con la boca abierta, babeando el reposabrazos. Me río mudamente al verlos y pongo la atención en Valeria y Sebastián; que siguen en el otro sofá. No sé si es por el hecho de que Jorge y Ashley están sobados y que nosotros no estamos cerca, pero da la sensación de que se creen que están solos y están dando rienda suelta a esa pasión que, al parecer, tenían reprimida. Cada vez están siendo más y más explícitos. Y de verdad, intento no mirarlos, pero a la mínima se me van los ojos hacia ellos. 
David no se entera de nada; sigue concentrado en ganarme —o yo soy buenísima jugando al parchís o David es malo de narices (ambas posibilidades son viables)—. A punto de terminar la partida, me desconcentro por completo; Valeria está abierta de piernas y con la falda subida, Sebastián tiene la mano dentro de su ropa interior y la mueve enérgicamente. Valeria jadea, enganchada en su cuello. 
¿Está haciéndole lo que yo creo que le está haciendo? No me lo puedo creer… Se me abren los ojos de par en par, estoy atónita. 
—¿Qué te pasa? —pregunta David, pillándome de pleno con esa cara.
Ni lo intento, porque sé que, si intento hablar, lo más probable es que tartamudee. Me limito a señalar con la cabeza hacia el salón, es mejor que lo vea él mismo. David mira hacia donde le indico y no, su reacción no es muy diferente a la mía.
—Quéééé fuerte…—farfulla.
Qué fuerte, pero siguemirando… A ver, digo mucho de él, pero yo también tengo la atención puesta en ellos; es inevitable.
—Como Jorge y Ashley se despierten y los pillen de pleno…—murmuro.
David me mira con una sonrisita cargada de pillería y me pregunta:
—¿Y si les gastamos una broma?
¿Por qué me gusta tanto este chico? Sus ojos, su gracia natural, su perilla en forma de ancla, hasta su manera de hablar…Pero no, por mucho que me parezca tentador y divertido, porque yo también soy una traviesa de mucho cuidado, no me parece lo correcto.
—No, hombre—protesto—, no seas malo, pobrecillos…
—¿Pobrecillos? Yo no voy follando por ahí en el primer sitio que veo… 
—Ya, pero déjalos; si lo hacen es porque así les ha dado la necesidad, ¿no?
—Sí, sí, lo que tú digas, pero en mi casa, tía, ahí delante… son unos guarros. 
—Te compro lo de guarros y el malestar de que estén en tu casa, pero pasa de ellos y no seas aguafiestas, va.—Le hago ojitos—. Céntrate en mí y terminemos la partida, que queda poco. 
Y refunfuña un poco más, pero termina haciéndome caso y seguimos jugando, ahora entre cuchicheos y miradas que, de vez en cuando, se nos escapan hacia el salón. Gano una vez más y mientras David protesta y recoge las fichas del tablero, veo que, como puede, Sebastián se levanta del sofá con una enorme erección. Le tiende la mano a Valeria, ella la acepta y se levanta con su ayuda. Ya en pie, se acomoda la falda y desaparecen de nuestra vista, aún agarrados de la mano. David y yo, como buenos cotillas, vamos detrás de ellos sin hacer ruido y vemos que se han metido en la cocina. Nos asomamos sutilmente por la puerta y vemos que Sebastián se está bajando los pantalones para liberar a su equipo. 
Y, joder con el equipo…
Valeria, gustosa de lo que está viendo, se arrodilla frente a él e inicia una felación. Si a David lo del salón le parecía demasiado, esto ya es el colmo: 
—Voy a decirles algo, que se vayan a follar a su puta casa, cerdos de mierda. 
E iba a entrar en la cocina, pero lo agarro del antebrazo y lo detengo.
—Shhh, déjalos, por favor—bisbiseo cuando baja la mirada y la pone en mí—. Despertarás a Jorge y a Ashley y querrán irse; yo todavía no me quiero ir… 
—Pero tía…
—Lo sé, lo sé… no está bien. Pero que nosotros estemos mirando tampoco. Mejor vayámonos y esperemos a que terminen, ya luego les dices algo. 
No le hace gracia, pero cede —otra vez—. De pronto, veo que Valeria se levanta de sus rodillas y eso provoca que me dé un maldito vuelco en el corazón; ¡pensaba que nos habían pillado mirándolos! Pero no, están demasiado ensimismados como para ver más allá de sus calenturas. Valeria se ha levantado para quitarse las bragas y Sebastián la coge en brazos para subirla en una de las encimeras y empezar a follar. Ver eso hace que mi entrepierna se humedezca. Hace muchísimo tiempo que no hago nada y, una no es de piedra… 
Avergonzada por haber visto demasiado, me doy la vuelta para marcharme, pero me topo con David a escasos centímetros de mí. Sentirlo tan cerca me corta la respiración, y más aún en el estado en el que estoy: las copitas de más, el haber visto algo tan caliente, la sensación de peligro por haber cruzado la raya y haber mirado más de lo debido… 
Y bueno, sencillamente por tenerlo tan cerca; que es verlo y morirme de ganas de tocarlo, de abrazarlo, de pasar tiempo a su lado… 
Lo miro, me mira y no puedo con esta tensión que hay entre nosotros. 
Siempre la hemos tenido; estaba ahí desde el día en el que nos conocimos, pero la amistad que entablamos era muchísimo más grande que lo que pudiéramos sentir el uno por el otro. 
O al menos lo era, hasta ahora… 
Que me empieza a quemar y a resultar insoportable. Que lo miro y se me remueve todo por dentro. Que su mirada me pone nerviosa y sus labios me llaman. Me llaman mucho. Y empieza a excitarme la idea de besarlo. Es tanto, que no controlo mis actos, ni mis pensamientos; noto cómo me desprendo de la cordura y que, el calentón que llevo encima, puede conmigo y con las posibles consecuencias que tenga lo que quiero hacerle ahora mismo. De mirar a sus ojos, se me va la mirada a su boca y muerdo mi labio inferior; imaginando qué se debe de sentir besándolo, cruzando los límites establecidos de una mera amistad. Libero mi labio de mis dientes y subo de nuevo la mirada a sus ojos, pero es hacerlo y no me da tiempo a nada más. David se abalanza sobre mí y hace mis deseos realidad.
Empezamos a comernos la boca con total y absoluta desesperación. 
Entre besos cada vez más húmedos y apasionados, empezamos a meternos mano. Me arrincona hacia una de las paredes del pasillo, me sube una pierna a su cadera y me levanta la minifalda para clavar sus dedos en mis nalgas, sin dejar de besarme. No me quedo atrás; yo también quiero más de él: no puedo dejar de tocarlo, de besarlo… Mis manos se van a su entrepierna y palpo su dureza a través de sus tejanos. De mi trasero, se va hacia mi sexo y al notar la tela mojada, la desliza ligeramente y descubre mis labios. Me toca suavemente y empieza a masturbarme. Deja de besarme y se centra en llevarme al clímax mientras analiza mis reacciones y se guía por ellas. En cuestión de segundos, me hace llegar a uno de los orgasmos más espectaculares, maravillosos e intensos de toda mi vida. Temblando de placer, lo aparto un poco, doy un salto abalanzándome sobre él y me coge en brazos. 
Casi matándonos por el camino y retomando los besos que tanto me han gustado, me lleva hacia su habitación. Cierra la puerta con el pie, me baja al suelo y empezamos a quitarnos la ropa. Ya desnudos, se aleja un momento y va hacia el cajón del escritorio. Me acerco y veo cómo se enfunda un preservativo. Ya con él puesto, toqueteo su tonificado abdomen y bajo las manos hacia su miembro duro y listo para jugar.
Vaya, vaya con mi camarero favorito…
Me quita las manos de encima, se da la vuelta, me coge en brazos y me sienta en el borde del escritorio. Volvemos a besarnos, me abre las piernas y empieza a hacerme suya. Llevo mis manos a sus nalgas y acompaño el movimiento de sus caderas, estoy temblando de placer con cada embestida. ¡Qué hombre y cómo se mueve!
Eso sí, con esas penetraciones tan rápidas y fuertes estamos haciendo demasiado ruido; el escritorio no para de golpearse contra la pared una y otra vez. Cuando se da cuenta, me coge en brazos y me lleva a la cama. Seguimos por donde íbamos, ahora con total y absoluta libertad; ya no hay ruido, más allá de nuestras respiraciones agitadas, los gemidos contenidos y el palmeo que intentamos controlar, yendo lento. Muy lento… Tan lento que siento que me voy a desmayar de placer. David es atento y tocón. Besa suave y sensual.Me gusta, y mucho. Siempre lo ha hecho y ahora más. Es la primera vez que nos acostamos y está siendo todo un descubrimiento. Jadeos, gemidos ahogados, sudor, placer…Llegamos casi a la par y caemos desplomados sobre la cama. Tras un rato intentando recobrar el aliento, gira la cara para mirarme y me dice:
—Dime que no estoy soñando.
Me giro de cuerpo y me apoyo en el codo para mirarlo y decir:
—De ser un sueño, espero no despertar nunca. 
Y sonríe, derritiéndome más aún. Me acerco un poco más y le doy un beso en los labios. Solo uno; suave, tierno, cargado de amor y necesidad. Aprovechando que estamos tan cerca, se queda mirándome a los ojos y pregunta:
—Después de esto, ¿seguirás siendo mi mejor amiga?
—¿Por qué dejaría de serlo? —murmuro, preocupada.
—No me acuesto con amigas… 
Borro la sonrisa para asegurar:
—Ni yo; se nos ha ido la cabeza. —Suspiro—. Pero bueno, debo admitir que… ha estado muuuy bien. —Vuelvo a sonreír, ahora con timidez. 
David lleva una de sus manos a mi cabeza y me acaricia la melena con una delicadeza absoluta, confesando:
—Ha sido el mejor polvo de mi vida.
Acercándome una vez más a sus labios, respondo en ellos:
—Puedo decir lo mismo.
Volvemos a besarnos, abrazarnos y a darnos caricias. Así estamos hasta que nos quedamos dormidos, acurrucados.
Tampoco es que estemos mucho tiempo así, solo ha sido una cabezada rápida. Intentando no hacer ruido, cogemos ropa limpia y vamos al baño. En el salón, Ashley y Jorge siguen roncando, pero no hay ni rastro de Valeria y Sebastián; se habrán ido después del polvo. En el baño, David me deja una toalla limpia y me gradúa el agua de la ducha con total caballerosidad. Iba a salir para darme intimidad y así poder ducharme tranquila, pero lo agarro del antebrazo:
—Dúchate conmigo —murmuro.
Y se queda cortadísimo. Me fascina que, después de ser una fiera sexual, actúe con esa timidez. Es una transformación perfecta: de día, el chico bueno al que todo el mundo adora y quiere tener cerca. De noche, el malote dominante que te hace perder el sentido y te regala unos maravillosos orgasmos con sus manos y sus embestidas. 
—Así ahorramos agua… —se me ocurre decir.
Esbozando una sonrisa y sucumbiendo una vez más a mis miraditas y peticiones, acepta y nos metemos juntos en la ducha. Vamos a lo que vamos, lo hacemos en silencio, hasta que me llama:
—Sarah… 
—¿Mmm? —Me doy la vuelta y me quedo delante de él.
Me sostiene la mirada y termina negando con la cabeza. 
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada, olvídalo. —Y sigue duchándose, como si nada, ahora bajo mi atenta mirada y mi curiosidad en sus topes más altos. 
—¿Me estás ocultando algo?
—No—murmura.
—David…
—Que no te oculto nada; solo estaba pensando que, si tu hermano se llega a enterar de todo esto…
—¿Qué?—ahondo, al ver que no arranca.
—¿Cómo que qué? ¡Que me matará!
Ya lo sé, ya…
Obviando que existe esa posibilidad, suelto una risita, quitándole importancia.
—¿Y por qué razón iba a enterarse?
—Sarah, joder, está en el salón… —refunfuña, cerrando el grifo.
—Espera un momento.
Aprovechando que el agua ya no corre y que estamos en silencio, me pongo a escuchar con atención: a lo lejos, se escuchan los ronquidos de Ashley y Jorge. Tal y como yo intuía; no hay nada que tener, están rendidos. 
—Me da a mí que nos enteraremos si se despiertan.
Él no parece estar tan seguro de mis palabras, pero asiente e intenta no darle más vueltas al asunto. Terminada la ducha, me deja uno de sus chándales; me viene enorme, pero me hará el apaño. Sintiéndome un ser microscópico con él puesto, salimos del baño y volvemos a su habitación. Cierra la puerta, se acerca a la cama y la abre. Nos metemos bajo la sábana y el edredón y se asegura de que esté cómoda y calentita —algo que me enamora por completo—. Acurrucada a él, apoyándome en su hombro y agarrados de la mano, nos ponemos a dormir. Solo un rato que, en nada, David tiene que ir a trabajar.

Nos despertamos a las cinco de la mañana, muertos de sueño y fingiendo que no ha pasado nada entre nosotros, o al menos lo hacemos después de salir de la habitación. Antes de cruzar esa puerta ya se ha asegurado de que me quede claro que no se arrepiente de lo que pasó ayer —algo de lo que yo tampoco—, y me ha besado una y otra vez, entre sonrisas y una ilusión gigantesca que empieza a nacer en mí. 
Vamos al salón a despertar a Jorge y a Ashley, ayudamos a recoger un poco y nos marchamos. David se va al bar, y mi cuñada, mi hermano y yo nos vamos a casa. Ashley, después de ducharse, desayunar y arreglarse, coge el maletín de trabajo y se va con Jorge; que hoy se encargará de llevarla a la estación. Como sé que después de llevarla se irá un rato al gimnasio, aprovecho mi día libre para limpiar y ordenar la casa a base de cafés, aunque me muera de sueño. 
Al terminar, voy a mi habitación y llamo a Valeria para saber cómo está:
—Estoy bien, he dormido con Seb.
Eso me hace suspirar y decir:
—Estás loca, ¿lo sabes? 
—Yaaaa, pero es que es taaan mono…
Sí, Sebastián es muy mono y todo lo que tú quieras, pero también es otras muchas cosas, y algunas no tan agradables como su aspecto, así que menciono:
—Pero no te enamores, Val; Sebastián es un mujeriego y un rompecorazones, contigo no será diferente… 
Y te hará daño, prácticamente como a todas las chicas con las que ha salido y nos ha presentado —que no han sido pocas—, pero bueno, tú a tu bola, Valeria; sigue pensando que es maravilloso y que contigo no pasará. Ya te llevarás el batacazo, ya… 
Reteniendo esto en mis pensamientos y tras unos incómodos segundos en los cuales no sé si me va a mandar a la mierda o me ha colgado por esa advertencia…
—¿Tú crees? —musita.
—Vaya si lo creo…
Desgraciadamente, es lo que nos ha demostrado en todos estos años de amistad. Aun así, Valeria hace caso omiso a mis advertencias e intenta comerme la cabeza diciéndome lo fantástico que es, como si pudiera hacerme cambiar de parecer. Hablar con ella, a veces, es como hablar con una pared. De hecho, la conversación se alarga tanto que me he puesto a dibujar, aburrida.Hace un buen rato que he dejado de prestarle atención; me limito a repetir las últimas palabras que dice y, poco más… 
Por suerte, está tan ensimismada —otra vez—, que no se entera de que no estoy por la labor de escucharla. Me sabe mal, se nota que me lo dice con mucha ilusión, pero Valeria siempre está igual; lo da todo por lo que quiera que le entre en la cabeza y, luego vienen los lloros y los arrepentimientos...
Y, en este preciso momento, ha topado con alguien sumamente inestable y, básicamente, el tío más mujeriego que conozco.Resulta inevitable no deducir que todo esto terminará muy mal.




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